Días en los que me gusta disfrutar de todo. Días en los que
lo veo todo oscuro.
Días en los que me acuesto con lágrimas en los ojos. Días
que río a más no poder cuando me levanto.
Días en los que me siento fuerte. Días en los que me
gustaría abandonar y rendirme.
Días que prefiero pasarlo sola. Días en los que quiero
sentirme acompañada.
Días en los que escucho una canción y me empiezan a salir
lágrimas. Días en los que descubro una canción o una que ya conocía que me
levantan el ánimo.
Días en los que no tengo ganas de nada. Días en los que
tengo ganas de todo.
Días que me encuentro irritable. Días en los que soy afable.
Días en los que soy infantil. Días en los que soy adulta.
Días que soy el centro de atención. Días que apenas se
acuerdan de que estoy ahí.
Días en que paso de todo. Días en que todo me importa.
Días que quiero volver a repetir. Días que quiero borrarlos.
Días en que estaba bien y a los pocos minutos estaba mal.
Días en los que finjo estar bien. Días en que no puedo
ocultar lo que siento.
Días en los que me gustaría pegar a alguien.
Días que siento tanta rabia que no puedo evitar gritar a
alguien que no se lo merecía.
Días en los que me encierro en mí misma. Días en los que
comparto mis sentimientos.
Días que no puedo evitar llorar por quien me importa.
Días en los que no distingo entre estar feliz y estar
triste.
Días en los que digo que no soy nada en comparación con otros.
Días en los que no comprendo nada. Días en los que sé todo.
Días en los que me despierto asustada. Días en los que me gustaría no haber despertado de un bonito sueño.
Días en los que me gustaría escapar de la realidad. Días en los que no quiero que acaben nunca.
Por esos días en los que descubro que al fin y al cabo… soy
una persona.
Palabras como esas se repiten casi a diario, como un disco
rayado. Sí, tengo muy bien claro lo que quiero y sé que será difícil pero…
¿acaso en la vida no es superar las dificultades?, o eso me dijeron. Aunque
también me da miedo pensar en eso, en cómo será, en si lo conseguiré, en si
podré afrontar lo que me echen, el futuro… Sí, no puedo negar algo que es tan
obvio, me da pánico pensar en todo eso en lo que vendrá más adelante, sé que la
vida es ahora pero no puedo evitarlo. No puedo evitar ese miedo que siento al
pensar en lo que sucederá, ¿será por el hecho de que temo a lo desconocido?
Quizá sí, ya que no puedo evitar asustarme demasiado por algo que no puedo ver
cómo será.
Miedo y admiración eso es lo que siento. Miedo de creer que
no podré y admiración a todas aquellas personas que si lo lograron, pero… ¿y
yo? ¿Estaré lista para cuando todo llegue? ¿Seré capaz de levantarme cuando me
caiga? A veces lo dudo, a veces siento tanta frustración que se me escapan un
par de lágrimas… ¿que por qué? Porque cada día que pasa es igual, siempre es lo
mismo, la misma rutina, las mismas preguntas que no tendrán respuestas hasta
que crezca lo suficiente como para comprenderlo; también por la melancolía que
siento al saber que voy creciendo y que dejé mucho tiempo atrás la infancia,
los recuerdos… Recuerdos que algunos se me quedaron bastante marcados y otros
que vagamente recuerdo, recuerdos… alegres o tristes, da igual son recuerdos
que se echan mucho de menos, que nunca repetiremos sólo porque tenemos que
hacer como todo ser humano hace en su vida… CRECER.
De todas las personas extrañas que había visto en mi vida,
éste sin duda se llevaría el premio en extraño. Había permanecido sentado,
desde las cinco hasta las seis menos cuarto, sentado en aquél banco. Su rostro
parecía cansado y bastante envejecido a pesar de tener unos treinta o treinta y
cinco años, tenía complexión media y parecía tener buen estado físico a pesar
de su rostro. Los cálidos rayos del sol que iluminaban ese día el parque hacían
resplandecer los platinos cabellos de aquel hombre, dejando así una bonita
sinfonía de colores dorados y platinos. Me pareció bastante extraño su
comportamiento ya que llevaba cuarenta y cinco minutos sentado en aquel banco y
no se había movido en todos esos minutos de allí, parecía como si estuviese
esperando a alguien o simplemente le gustaba pasar la tarde allí y admirar todo
lo que le rodeaba como para evadirse un poco de la realidad. En todo caso ya lo
había visto varias veces por allí pero nunca observé en él ese extraño
comportamiento, siempre que lo veía estaba jugando con algún niño o simplemente
paseaba tranquilo y relajado, sin molestar ni perjudicar a nadie. Pero esta vez
era distinto, esa sonrisa que tenía cada vez que jugaba con los pequeños o
hablando con algún amigo o conocido suyo se le había quitado del rostro,
presentaba una mirada distante y fría. Poseía en sus manos una carta, se podía
leer perfectamente el nombre de una muchacha pero no ponía lugar sólo el nombre
de la chica y poco más. “Cariño...”, comenzó a leer la carta de nuevo, “tenía
que decirte esto porque ya era demasiado. Al principio de casarnos tuve la
sensación de que estaba haciendo lo correcto, después de eso, pasé unos de los
mejores años de mi vida a tu lado, estaba segura de que eras el hombre perfecto
pero me equivoqué. Desde hace muchos meses, lo nuestro ya no va a ninguna parte
por eso me voy, me voy para no seguir haciéndome daño. Espero que lo entiendas.
Besos. Te quiero”
“¿Qué me quiere? Menuda… Bueno… lo echo hecho está, y, si
quiso marcharse allá ella…”. Eso pensó el hombre al encontrarse la carta encima
de su escritorio pero nunca se llegó a imaginar que lo iba a pasar tan mal.
Desde entonces, sólo sale de casa para ir al trabajo o hacer algunas compras. Y
desde que pasó todo aquello hace unas cuantas semanas pocas veces se dejó ver
por aquí hasta hoy. “Querrá airearse un poco” pensé, pero, aún así… se nota y
mucho que no lo está llevando demasiado bien.
Unas semanas atrás.
Una muchacha escribía unas líneas rápidamente parecía como
si tuviese miedo a que alguien llegase y no pudiese marcharse a tiempo. Terminó
de escribir lo que le quedaba de carta, lo puso en un sobre y lo dejó encima de
la mesa de trabajo de su marido. Cogió todas sus pertenencias y se marchó, se
marchó hacia su nueva vida. Pidió un taxi, le dijo hacia dónde debía llevarla y
en pocos minutos llegó a un edificio bastante imponente. El taxista dejó las
maletas de la mujer en el suelo, le cobró y se marchó. A los pies de aquel
edificio se encontraba un muchacho que acababa de bajar para recibirla. Corrió
hacia ella y le dio un tierno abrazo seguido de un beso apasionado, ya sin
miedoa que los descubriesen, la mujer
sin miedo a demostrar su infidelidad con su marido.
“Que coñazo”, pensó. Se le habían olvidado las llaves, tendría
que pegar en el timbre para poder entrar en su casa. Pulsó el pequeño botón y
de inmediato le abrieron, entró en casa y vio a su padre sentado en el sillón
leyendo el periódico. No le dijo nada al chico sólo se limitó a sonreírle y a darle
los buenos días, su madre, como siempre a esas horas ya habría preparado el
desayuno y dejado listo para que cuando llegase se lo tomase. Ella al ver a su
hijo le dio un beso de despedida y se marchó al trabajo.
El chico entró al servicio y se miró en el espejo, sonriente
y bastante feliz, luego se lavó la cara y fue a su cuarto a cambiarse
rápidamente. Antes de ir a desayunar comenzó a meter los libros para ese día, “joder…
los deberes…” el chico se había olvidado de hacerlos, aun que se los pediría a
alguna amiga suya porque seguramente sus amigos no los tendrían como de
costumbre.
Se peinó un poco y fue corriendo a la cocina a tomarse el
desayuno, en el camino de su habitación a la cocina observó que su hermano
mayor se iba ya a la universidad, estaba haciendo derecho, al chico esa
profesión le parecía interesante y varias veces se había planteado hacerla pero
ahora no estaba seguro del todo de lo que quería hacer, sus padres le estaban
intentando convencer de que hiciese esa carrera es más ya se habían hecho a la
idea de que sus dos hijos harían lo mismo, ya les habían planeado el futuro aun
que… al muchacho no parecía agradarle la idea. Lo que él realmente quería era
ser escritor o artista, le gustaban las materias en las que podía expresarse libremente,
ser él mismo. Cogió un cuaderno, era como su diario personal, comenzó a leerlo.
Primero leyó sus primeros días de instituto de cómo le fue, luego los primeros
amigos y a medida que iba leyendo empezó a leer sobre ella… de cómo la conoció,
aunque de eso os hablaré después; de su sonrisa, de sus preciosos ojos color
avellana, le gustaba su mirada… una mirada dulce y a la vez fuerte, segura de
sí misma, le gustaba todo de ella pero sobre todo le gustaba esa pequeña rareza
que tenía ella de hacer las cosas que parecen difíciles en algo tan simple como
pasar la hoja a un libro. Algo le despertó de aquellos pensamientos, era su
padre, advirtiéndole de que si no se daba prisa llegaría tarde al instituto.
Guardó el cuaderno y fue lo más rápido que pudo.
Llegó a tiempo por milésimas de segundos. Entró a clase de
inglés, pero no entró con el rostro adormilado como siempre, sino, más bien con
el rostro más hermoso y feliz que se pudiese ver en ése aula. De entre todas
esas personas había uno que destacaba sobre las demás personas, su mejor amigo
desde que tenía uso de razón, él… uno de los mejores amigos que se podía tener.
En cierto modo podía parecer el típico chico arrogante, terco, juerguista e
infantil pero en el fondo era un muy buen amigo, un amigo que si le necesitabas
estaría allí para reír o darle una buena a quien se atreviese a meterse con la
gente que le importaba, así era él.
Nada más vio al chico se le acercó con esa sonrisa infantil
y despreocupada de todo que a tantos gustaba y a tantas enamoraba. El muchacho no
esperó al recreo y le contó todo lo ocurrido la noche anterior al muchacho, a
lo que éste le escuchaba muy atento y al finalizar el relato, sonrió mucho a su
amigo pero, aquella sonrisa le estaba pesando demasiado ya que él se había
llevado a la mujer de la que se había enamorado desde hace varios meses…
Con un suave giro de muñeca abre la puerta de su casa, entra, todo parece tranquilo sus padres parece que siguen aún durmiendo. En silencio entra en su cuarto, se acuesta un rato en su cama asimilando lo que había pasado… el paseo, la playa y él… Siente unas ganas inmensas de saltar sobre la cama, de bailar, de gritarle al mundo lo feliz que era. Sentía una gran sensación dentro de ella, sentía que una leona rugía fuerte en su interior, fuerte y triunfante.
Observó el reloj, decidió darse una ducha rápida. No tardó más de diez minutos, se arregló bastante para ir al colegio. Entró en la cocina y como de costumbre se preparó ella misma el desayuno y se lo llevó al salón, encendió la televisión y empezó a zapear con el mando, no vio nada interesante así que la apagó y se terminó el desayuno rápidamente para no llegar tarde.
Fue casi corriendo al instituto, a pesar de tenerlo al lado, para no llegar tarde y se tuviera que quedar fuera.
Entró sonriente a su aula, saludó a algunos compañeros suyos pero a quien más tenía ganas de ver era a su mejor amiga, más bien debería decir por mi parte que no eran amigas, eran hermanas. Hermanas, no de sangre pero sí de corazón… dos muchachas que siempre se lo contaban todo, que estaban ahí la una para la otra para cuando siempre se necesitasen, que podían ser ellas mismas cuando estaban juntas, que siempre sabían que estaban pensando en cada momento, hermanas… una simple palabra que para ellas significaba tanto…
La amiga se dio cuenta que a la chica le había ocurrido algo demasiado bueno, se dio cuenta por su rostro y porque siempre que le pasaba algo bueno se arreglaba demasiado. La muchacha sabía que su amiga se había dado cuenta de que algo bueno le ocurría pero no se lo pudo contar en ese momento ya que la profesora había entrado en el aula, una profesora que infundía respeto y a veces cierto temor en algunos de sus alumnos y pobre del que se atreviese a hablar en su clase. Las tres primeras horas se hicieron eternas para las dos.
Recreo, “por fin”, pensaron. Se sentaron en su sitio favorito a la vez que era desconocido por muchos alumnos era… por así decirlo o como ellas lo llamaban “Su rincón”. La chica al principio no sabía cómo decirle a su amiga todo lo que había vivido la noche/madrugada del día anterior. Su amiga la miraba con los ojos más iluminados que se podían ver en el mundo y ya impaciente no pudo más y empezó a zarandear a la chica ya que parecía que había volado del mundo.
La muchacha terminó de contarle todo a su amiga, cómo se sentía ayer, cómo le había sentado el paseo, la luna llena, las lágrimas, el encuentro, todo… Su amiga gritó tan fuerte de emoción que asustó a muchos alumnos jóvenes que pasaban por allí.
Abrazándose… llorando de emoción, una por lo que estaba comenzando a vivir y otra por ver a su mejor amiga feliz, simplemente hermanas…
Ella…acostada sobre la arena que estaba aún más fría pero ya no lo nota, sólo siente la cálida sensación del amor. Él…viviendo un sueño con ella, no, no era un sueño era la pura realidad, recostado junto a ella, acariciándola, besándola, haciendo con ella lo que siempre quiso, AMARLA. Sí, desde hacía mucho tiempo él la amaba, recordó el primer día en que la vio… perfecta, él pensó. Sí, siempre le dijeron que las personas perfectas no existían pero para él, ella era todo cuánto quería.
La miraba con ternura, se había quedado dormida disfrutando de aquel momento, de las caricias, de los besos, del amor… Un amor que no llegó a nada más que a eso pero se sintió tan feliz, tan feliz de haberla hecho sonreír cuanto pudo, la quería… la quería como nunca. Ella soltó un suspiro, él con ojos brillantes observaba como su cuerpo lentamente subía y bajaba, parecía tranquila, parecía tan delicada, tan dulce con esa expresión cuando dormía. Miedo… tenía miedo de despertar a aquel ángel que estaba contemplando y admirando.
Las manos de ellas tocaban el pecho del chico… rápido, lento… así iba el corazón de él, disfrutando de ese hermoso momento, haciéndole caricias a lo que más quería. Sin darse cuenta, de sus ojos resbaló una lágrima que calló en los cálidos labios de su amor.
La muchacha abrió rápidamente sus ojos por aquella lágrima que rozaron sus labios, al ver al muchacho llorando lo abrazó, lo abrazó tan fuerte que cayó encima suyo. Eran dos cuerpos felices y llenos de amor bajo el manto de estrellas.
Riing, se escuchó el sonido del móvil de ella. Era su padre bastante enfadado con ella, eran las una de la madrugada y la había llamado siete veces y no hubo ninguna respuesta a aquellas llamadas. La chica se disculpó con él, le contó una de sus muchas mentiras y su padre la perdonó haciéndole prometer que no volvería a hacer eso.
A él también le echaron la bronca por estar a esas horas fuera, él dijo a su padre que iba a quedarse a dormir en casa de un amigo y que volvería temprano para ir al colegio al día siguiente. A lo que ella hizo lo mismo, pequeñas mentiras... Pequeñas mentiras que hicieron quedarse en esa playa toda la noche, disfrutando de aquella maravilla, de aquel sueño del que no querían despertarse.
Oscurecía aún cuando se levantaron, sus rostros no reflejaban sueño alguno sino más bien amor, él… disfrutando de poder ver a su amada mientras dormía y ella… disfrutando de estar al lado de la persona que más había querido en toda su vida…
Pequeñas mentiras que luego serían contadas con ojos ilusionados a sus mejores amigos…
Una muchacha observaba triste y pensativa la ventana, con una expresión de dolor que nunca sintió, ¿acaso estaría enamorada?... Él… la persona que siempre pasaba por su mente a todas horas del día, pensaba en lo feliz que era cuando estaba a su lado, en que todos sus problemas y desfallecimientos se iban con tan solo cruzar unas pocas palabras con él.
Decidida, se puso lo primero que vio, cogió su bolso, unas monedas y se fue de su casa. Fue hasta la estación de autobuses a pie como de costumbre, compró el billete y se subió al autobús, su querido autobús… uno de los mejores lugares que tenía. Se sentó al final como siempre, con la cabeza apoyada en el cristal esperando a que arrancase y la llevase a su lugar favorito. Se puso en marcha dijo adiós con una sonrisa y se puso a disfrutar de ese solitario paseo como si fuera una niña pequeña que fuese en autobús sola la primera vez, le gustaba esa sensación…la sensación de estar sola en ese rato para poder perderse en sus pensamientos.
Poco a poco se acercaba a su destino, eran las siete menos cuarto cuando llegó. Se bajó tranquila en aquella parada delante de la pequeña iglesia, había llegado… se sentía bien allí, se sentía libre, como si fuese su segundo hogar. Bajó hasta el paseo y caminó recto hasta llegar a los túneles, despacio… tranquila… disfrutando de todo aquello, ese lugar verdaderamente para ella tenía algo que la hacía feliz.
Caminó de un lado a otro sin detenerse, sin mirar a nadie, simplemente sintiéndose bien consigo misma. Nueve… empezó a hacer frío y ya anocheció, se tenía que ir pero sus ganas no se lo permitieron, quería quedarse allí para siempre. Bajó hasta la playa, descalza…lentamente… sintiendo la arena bajo sus pies, estaba fría pero le gustaba tanto. Llegó hasta la orilla, se remojó los pies, sintiendo el vello de punta por ese frió contacto en su piel a la vez que disfrutaba esa fresca sensación.
Después, se sentó en la orilla. Miró al cielo, luna llena, una preciosa luna llena que se reflejaba en ella, pintándola de color platino. De pronto miró al horizonte, pensó nuevamente en él, en lo bonito que sería estar junto a él, abrazándose y compartiendo ese momento juntos. Pensando todo aquello le entraron muchas ganas de llorar, para evadirse un poco de esos pensamientos se puso los cascos y salió una de sus canciones favoritas, minutos después lloraba sin parar…
Miró su reloj, había pasado una hora desde que había comenzado a llorar, se encontraba arrodillada tapándose su rostro lloroso. Escuchó un ruido, pasos ¿quizás? No, pensó ella, seguro serían imaginaciones suyas y de pronto unos brazos fuertes la abrazaban, su olor, el contacto con su piel la hizo comprender de quien se trataba… no podía creérselo era él, la persona con la que soñaba cada noche, el motivo de su alegría y de su tristeza, ÉL.
El rostro de este mostraba preocupación, la ayudó a levantarse pero esta no quería se sentía bastante sorprendida a la vez que muy feliz de poder verle. El chico comprendió que no podía levantarse así que se sentó junto a ella, abrazándola sin separarse de ella y ésta reposaba en el pecho de la persona que más quería.
Sí, ahora lo sabía se había enamorado de él, lo que hizo que le entrasen más ganas de llorar. Él se dio cuenta y no pudo seguir viéndola así, la luz de la luna llena hacían brillar más sus lágrimas. Ella quería morirse, quería escapar de allí, se intentó poner de pie pero algo se lo impidió, él sujetaba su cara con ambas manos con el rostro serio y lentamente empezó a acercarse a ella. Cinco…cinco minutos se quedaron bajo la luz de la luna, besándose y abrazándose hasta que se robaron el aliento mutuamente… Disfrutando de aquella noche bajo la luna llena y las hermosas estrellas que alumbraban la noche y más en especial a